Espada & Mortero

 

El Espíritu Santo

El hablar en lenguas, su bautismo y unción

  y otros temas no menos torcidos por algunos

 

Ignacio García

Introducción

Sin duda, el tema del bautismo del Espíritu Santo es uno de los que más causan controversia entre los creyentes, y del que más se abusa por su aparente complejidad. Los defensores de uno y otros frentes parecerán tener la razón cuando defienden sus puntos de vista con citas bíblicas. Ya en otro lado he dicho que esto es lo más fácil y confuso: citar la Biblia a diestra y siniestra sin comprender el contexto de la escritura no siempre suele resultar ni verdadero ni fructífero. No que la Biblia y las escrituras allí existentes no sean verdaderas, sino que suelen ser convertidas en “verdaderas” con puntos de opinión francamente contradictorias: porque ¿cómo pueden tener razón dos o más partes que discuten acerca de un tema de la Biblia si ésta es una sola verdad y no varias? El error de algunos no parte de su referencia a citas de la Biblia, sino a la forma en cómo lo hacen: algunos la citan como un libro de Derecho constitucional cuyo objetivo es ganar el juicio de un acusado aunque éste sea culpable; en cuyo caso, el abogado gana pero pierde la justicia.
De aquí surge la primera pregunta de este artículo: ¿Es posible poseer el Espíritu Santo y a la vez dar claras muestras de que, con una u otra postura doctrinaria, contradecimos abiertamente lo que la Biblia dice?. La verdad de Dios es absoluta, no tiene rendijas como la ley del hombre por la cual pudiera colarse una interpretación que la contradiga.

Desde este punto de vista, bastaría entonces mostrar que alguno de los que se dicen poseedores y dueños del Espíritu Santo están torciendo la Palabra de Dios, para demostrar la falsedad de esa posición doctrinaria, los dones que pretende, y las señales que dicen sustentarla. La Biblia no se contradice, pero tampoco permite que la contradigan con doctrinas alegres y falaces.

En otros artículos publicados aquí,  se ha ya mostrado la falsedad de algunas  “doctrinas” modernas que hablan de líneas de iniquidad, guerra espiritual, liberación espiritual, limpias de casas, hablar en lenguas impuesto, pasadas al altar con caídas de espalda forzadas, sueños “proféticos”, y demás utilería inventada por falsos profetas y apóstoles venidos, regularmente  del movimiento carismático-pentecostal y hospedados por un buen número de congregaciones que se dicen evangélico-cristianas.

Lo más señalado de todo, es que son los diseñadores de esas doctrinas torcidas quienes más presumen de haber recibido “especial unción” del Espíritu Santo, a la vez que, con una falta total de preparación bíblica,  divulgan que doctrinas como la risa, la borrachera espiritual y estacas contra el enemigo, son obra ¡del Santo Espíritu!... Hágame usted el favor.

Lo recto por lo torcido

¿Puede el Espíritu Santo aprobar prácticas y doctrinas que ni Jesucristo, ni los apóstoles ni el mismo Espíritu ordenaron? Claro que no. Pero la trampa de los falsos profetas no está en la referencia de citas bíblicas que hacen  fuera de lugar, sino, precisamente, en el menosprecio que se tiene de lo escrito en la Biblia: la Palabra de Dios no es suficiente para ellos, por lo cual acuden a la llamada “palabra de fe” que permite a un individuo convertirse en “la boca de Dios”: engañan a la gente con la afirmación que Dios les reveló en estos “últimos tiempos” a algunos “ungidos” estas cosas “nuevas”… Y se saltan la Biblia, y se brincan la autoridad divina y echan mano de la tradición, el dogma y la poca o mucha credibilidad que se les pueda tener a ellos mismos.

 

Si con anterioridad el debate acerca del bautismo del Espíritu Santo se daba en más o menos buenos términos en el ámbito cristiano-evangélico  ¾haciendo uso correcto de la Palabra de Dios¾ a partir del surgimiento de los movimientos pentecostales (inicios del siglo XX), y de la aparición del huracán carismático (1960-1967), que fue y se infiltró en las filas evangélicas (1980), la discusión se ha vuelto más confusa, menos inteligente, con más carga de dogma y tradición humana que análisis concienzudo en la Palabra de Dios. En esta revoltura existe de todo, pero comenzaremos con una declaración (carta de creencia), de algunos que aquí llamaremos simplemente  “profetas” entre comillas, y que dice:


“Es esencial recibir el Espíritu Santo para obtener completa salvación bíblica. El Espíritu Santo es un don de Dios, que se recibe como resultado de obediencia y fe en Él (Hechos 5:32). Si el hombre obedece los mandamientos de Dios de arrepentirse y bautizarse en el nombre de Jesús, tiene la promesa de recibir el Espíritu Santo (Hechos 2:38). Dios no rompe sus promesas. Si el hombre obedece estos mandamientos, él recibirá el Espíritu Santo”


Lo que parece totalmente correcto aquí, contiene un peligroso añadido a la doctrina de la salvación por medio de la gracia expresada en la muerte suficiente de Jesucristo. ¿Qué quieren decir los “profetas” con “obtener plena Salvación”? ¿Quiere decir que la muerte de Cristo no es suficiente, plena, total? ¿Quiere decir que quien recibe a Cristo no es plenamente salvo en ese instante? Para los “profetas” la pregunta es afirmativa: la muerte de Cristo es insuficiente: existe otro requisito para ser salvos completamente; y es recibir al Espíritu Santo… como ellos lo dicen, lo piensan y lo imponen.

Uno de los grandes peligros en los que caen los “profetas y apóstoles” es meter toda su humanidad por delante y querer intervenir en la soberanía de Dios; es decir, a lo determinado por Dios, ellos le agregan “otros requisitos”. La tentación del hombre siempre ha sido ésa: tratar de “mejorar” lo que Dios ya ha dicho y hecho como definitivo. La Biblia claramente enseña.

 

“Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa”. Y también:  “Con la boca se confiesa para salvación”.

 

El Evangelio de Jesucristo es pleno y definitivo cuando se refiere a la salvación del hombre, muy aparte de cualquier otra doctrina o tradición que venga a tratar de terminarla... Así sean los falsos profetas quienes quieren re-escribir el Nuevo Testamento con sus doctrinas torcidas.


En ningún lugar del Nuevo Testamento se sugiere siquiera que somos salvos por la fórmula muerte de Cristo + recibir el Espíritu Santo. Esta aseveración trae un problema de doctrina mayúsculo como el ejemplo del ladrón que acompañó a Jesús en su muerte y lo confesó como Señor:

1.    No pudo ser salvo pues “esencialmente no recibió al Espíritu Santo”

2.    O bien: recibió a Cristo como Salvador y en ese instante también al Espíritu Santo

3.    Pero si recibir al Espíritu Santo requiere de la imposición de manos de algún otro hombre, entonces ¿recibió de verdad ese don?

4.    Finalmente, a los carismáticos-pentecostales les debe constar que no recibió el Espíritu Santo porque el ladrón famoso jamás habló lenguas como “señal principal y evidente” de haberlo recibido…

Como se ve, toda una trampa teológica en la que ellos se meten.

 

Las lenguas: un requisito inventado


Pero dirán: “En ese día (de la muerte de Cristo) las lenguas aún no venían, ni tampoco era derramado el Espíritu Santo”… peor para ellos, porque entonces deben contestar sin armas a la pregunta de si el ladrón fue salvo o no… Y también si lo fueron todos lo que creyeron a Cristo durante su ministerio y murieron antes de Pentecostés.


Con la idea de querer “mejorar” las cosas que el Espíritu Santo ha dispuesto por su pura soberanía, los “apóstoles” carismáticos han cambiado esta versión de la Biblia y dicen: “Los dones del Espíritu Santo no son dados a quien el Espíritu mismo quiere y como quiere…es como yo digo… porque en estos “últimos tiempos” el Espíritu me ha revelado otra cosa…” Esa es la voz que hoy enarbolan esos “profetas”. ¿Quién puede creerles eso? Bueno, sí, sí hay muchos evangélicos cristianos que les creen… Muchos ingenuos se han ido detrás de enseñanzas absurdas como ésta:


“Sin embargo, cuando una persona recibe inicialmente el bautismo del Espíritu Santo él hablará en otras lenguas según el Espíritu le dé que hable. Esta evidencia del llenamiento del Espíritu Santo es separada y aparte del don de lenguas”.


Con esta declaración toda confusa, los “profetas” aplican la siguiente fórmula que luego convierten en regla invariable:


Recibes el Espíritu Santo = a Debes hablar en lenguas, pues ésta es la señal evidente que lo recibiste.

 

O su contrario:

No hablas lenguas, luego entonces, no has recibido el bautismo del Espíritu Santo



Lo cual es totalmente absurdo.


Creer que hablar lenguas es la manifestación externa más evidente de nuestra comunión con el Espíritu Santo, es empobrecer la doctrina de Cristo, y es mero sectarismo: es como creer que en un juego de béisbol la atracción principal lo es el ampayer (árbitro) sólo porque es el que más grita y manotea dentro del campo. Imagine usted que la gente diga: “Mira, ese habla lenguas, por lo tanto… debe ser discípulo de Cristo…” Absurdo. La Biblia por ningún lado dice que esta es la señal por la cual los demás conocerían que teníamos con nosotros a Cristo a través del Su Espíritu. Los “profetas”olvidan que el amor y el fruto del Espíritu que cada cristiano muestra a lo largo de su vida, es la señal que Cristo reconoce en sus discípulos.

Pero sucede que la doctrina de los “profetas” se presenta así por fácil e imitable: es mucho más fácil fingir (de hecho no cuesta trabajo alguno) que alguien “habla lenguas”, a demostrar con hechos mi semejanza con la persona de Cristo. Por cierto: El  fruto del Espíritu (Gálatas 5) puede prescindir de las lenguas, pero no al revés.

Cuando Pablo habla de ser imitadores de su persona ─como él lo era de la de Cristo─, no se refería a que se imitara el hablar en lenguas desordenadamente. El caso de las lenguas así impuesto, es una súper-posición de la Escritura a favor de una doctrina hecha con armas humanas.


La suma donde 3+6 es igual a 3

Y es que el método de clasificación bíblica de los “profetas” es equivocado desde el principio. En otras palabras se traduciría así:  Cuentan donde les favorece y omiten donde la cuenta mayor les es contraria.

 

Me explico. ¿Cuántos son 3+6? Cualquiera sabe que son 9… menos los “profetas”: ellos dicen que 3+6 es igual a 3 ¿Por qué? Para “avalar” que las lenguas son “la evidencia externa” para conocer que alguien ha recibido el Espíritu Santo, ellos cuentan las veces en que el NT registra este hecho, pero no restan las veces en que las cosas ¡no sucedieron así! La trampa completa es que arman entonces una “doctrina” y la convierten en regla que dice así:


“Puesto que la Biblia dice 3 (tres) veces que la gente recibió el Espíritu Santo y hablaron lenguas, luego entonces así sucedió, así sucederá y sucede en estos ‘últimos tiempos’”


La sentencia que forma la regla es muy alegre y tramposa, porque jamás toman en cuenta la excepción a la regla. Se dice que la “excepción confirma la regla”. Ahora bien, si la excepción fuera una sola lo único que haría sería efectivamente avalar aquella regla… Pero son 6 (por lo menos) las ocasiones en las que evidentemente se muestra que las personas bautizadas por el Espíritu Santo no hablaron en lenguas; entonces ya no es excepción sino nulidad de la regla. Claro, es más fácil engañar con lo que se nombra en la Biblia que con lo que se omite: éste ha sido el error de un sinnúmero de falsas doctrinas. El hablar lenguas como requisito de haber recibido el Espíritu Santo, parece una regla, pero mal construida porque sus excepciones la invalidan. Veamos primero las veces en que sí se menciona este hecho.



1.    El día de Pentecostés (Hechos 2)

2.    En casa de Cornelio (Hechos 10:44-45)

3.    Con los discípulos en Éfeso (Hechos 19:1-7)



Estos pasajes cubrirían la regla: Recibes el Espíritu = hablas lenguas

Veamos ahora las excepciones:

1.    Un acontecimiento que casi nadie valora es el hecho de que no es cierto que la Biblia diga que el día de Pentecostés todos hablaran lenguas. De los que estaban escuchando la predicación de Pedro y creyeron, Lucas dice: “Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas”. Nunca dice que hablaran lenguas. Quienes las hablaban, eran algunos de los 120 alojados en el aposento alto.

2.    Pedro y Juan en Samaria (Hechos 8:14-19)

3.    Felipe con el eunuco (Hechos 8:34-39)

4.    La conversión de Lidia (Hechos 16:14-15)

5.    El carcelero de Filipos (Hechos 16:25-34)

6.    Crispo, el principal de la sinagoga (Hechos 18:8)

Nótese que no se menciona aquí el hecho de que, por ejemplo, ni Cristo ni Juan el Bautista, se dice que hayan hablado en lenguas, a pesar de que el primero fue bautizado y cayó sobre Él el Espíritu en forma de paloma, y el segundo poseía el Espíritu desde el vientre de su madre.

Estos 6 hechos cubrirían la Excepción: Recibes a Cristo y al Espíritu = No es necesario hablar lenguas.


La importancia central de todos estos acontecimientos es que la gente recibió la Salvación a través de aceptar a Jesucristo como Señor.

Estas 6 escrituras bastan (existen otras) para demostrar que no en todos los casos las personas hablaron lenguas en el momento de recibir a Cristo y/o al Espíritu Santo… Tampoco parece haberle importado al mismo Lucas (escritor de Hechos) resaltar el hecho de la Regla: todos hablaron lenguas. Lucas sí recalca que esas personas fueron salvas,  y ya no necesitaban de ninguna otra carga ni requisito para serlo, ni se les obligó a buscar ansiosamente las lenguas para “confirmar” su salvación, ni ninguna otra cosa para ser aceptados dentro de la iglesia como personas cristianas.

Esa es la dinámica de toda la iglesia primitiva, y por supuesto, la de ahora. Por otro lado, lo que Pablo el apóstol enseña a través de todas sus cartas pastorales es la relación que guarda el cristiano con Cristo desde una perspectiva de aspirar a la estatura del varón perfecto mediante una actitud coherente entre mis actos y mi fe; por ningún lado el apóstol deja ver que el hablar en lenguas fuera la prueba evidente de una vida cristiana sincera. Claro, muchos de los cristianos, como el apóstol Pablo, hablaban en lenguas. De ahí, a querer fabricar una regla, es querer hacer pasar un pisa y corre por un jonrón.

La profecía sobre las lenguas

 

Pero aun si nos ajustamos a la regla de los “profetas”, ellos invariablemente salen reprobados, porque de esas 3 veces que los “profetas” escogen para decir que la gente hablaba lenguas, en dos de ellas se dice claramente, no sólo que la gente “hablaba en lenguas”,  sino también profetizaban:

1.    El día de pentecostés (Hechos 2)

2.    Los discípulos en  Éfeso (Hechos 19:1-7)

Los “profetas” quieren hacer una regla a su medida y a medias;  a la forma que a ellos les conviene. ¿Por qué todos hablan lenguas en sus iglesias y casi nadie (si no es que nadie) profetiza? ¿Por qué al recibir el Espíritu Santo sólo eligen la parte emocional y más imitable y dejan el don de profecía (que es intelectual, racional) a un lado como si Hechos no lo mencionara y  a Dios no le importara?

Hablamos aquí de profetizar en el sentido bíblico, no de andar adivinando el futuro de algunos miembros ingenuos a manera de horóscopo televisivo.

Recordemos lo dicho por Pablo: “Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato? Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como Él quiso”. Léase bien: como él quiso. Si esto es cierto ¿por qué alguien tendría que andar diciendo a los otros cuál es el don que deben de tener?

El medio como fin y la competencia

Una lectura apresurada de la Biblia, lleva a errores que no tienen que ver con lo allí escrito, sino con el propósito de la lectura misma. Uno de los errores más frecuentes es aquel en el que se confunden los fines con los medios. Los “profetas” a menudo confunden esto abiertamente; creen que las lenguas u otro don o manifestación divina fueron o son un fin, cuando en realidad eran la forma de obtener o mostrar algo por parte de Dios. Por ejemplo, las lenguas fueron el medio por el cual

1) La gente se maravilló al oír a otros hablar una lengua que no era la suya

2) Entender el mensaje de Cristo en su propia lengua.

3) Saber que Dios había dado salvación también a los gentiles



El medio para esta misión especial de Dios, fueron las lenguas; el fin, el Evangelio de Jesucristo. Pero ahora, con los “profetas” es al revés: piensan que el evangelio es hablar lenguas. Se olvidan que todos los dones en la iglesia son el medio para edificar el cuerpo de Cristo, ellos en sí mismos no valen fuera de este propósito; no se manejan independientemente ni se los consigue aparte. Si uno los convierte en un fin en sí mismos, ya no se está cumpliendo con el propósito trazado por Cristo para la iglesia.


Por otro lado, al elevar un don (el de lenguas en este caso) a la categoría de “evidente y necesario” como señal de la llenura del Espíritu, se le vuelve comparativo más que productivo, tal y como la Biblia propone. En el lado comparativo, entre los miembros de la iglesia se empieza a ver quién sí y quién no habla lenguas o tiene otro don ¿Para qué? ¿Es este el propósito para el cual el Espíritu Santo otorga los dones? Al ser comparativo un don, el miembro que no lo posee se siente fuera de sitio en la congregación; en el caso de las lenguas hace dos cosas: o se busca una iglesia donde no lo obliguen a “poseer” ese don, o bien finge que lo tiene: lamentablemente, este es el camino seguido por una gran mayoría.

¿Hablan todos lenguas?

Que no todos en la comunidad cristiana hablaban lenguas es claro, todos lo vemos, excepto los “profetas” aferrados a esta señal. Pablo hace esta afirmación irrefutable:


“Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (2 Corintios 12:4-11)


Pablo habla clara y enfáticamente de diversidad de dones, no de uno solo como “necesario y evidente”. Por otro lado, ese don, esa manifestación es dada para provecho, no individual, sino forma parte de todo el cuerpo de Cristo; no para competir, sino para ser uno;  no para adolecer, sino para poseer; no para fingir o imitar, sino para hacerlo funcionar (cualquiera sea el don) con poder del Espíritu y no de un ser humano que nos obliga a ejercerlo. ¿Por qué no inició el apóstol diciendo: “Aparte de que ya todos hablan lenguas, tienen otros dones….”? Pablo jamás pone un don sobre otro, al contrario: los menos estimados son los que la iglesia más necesita. Asimismo Pablo pregunta:


“¿Son todos apóstoles? ¿son todos profetas? ¿todos maestros? ¿hacen todos milagros? ¿Tienen todos dones de sanidad? ¿hablan todos lenguas? ¿interpretan todos?”


La respuesta es obvia: no todos profetizaban ni todos hablaban lenguas, ni todos tenían el don de sanidad. Entonces por qué los “profetas” fuerzan el contexto y dicen que “todo el que recibe el bautismo del Espíritu Santo habla inmediatamente lenguas porque así lo dice la Biblia?” Más bien así lo dicen ellos y mal enseñan a sus creyentes.

¿Cuáles lenguas hablas?

Ahora, los que presumen de hablar lenguas entre los grupos carismáticos (que supongo son todos por esa desviación que los obliga a hacerlo) ¿Qué tipo de lenguas hablan? En la Biblia se dice que lo que la gente hablaba era glosas, es decir, idiomas extranjeros que otros podían entender desde la base de su propia lengua materna. ¿Por qué no se repite este mismo fenómeno del Pentecostés tal y como lo defienden los “profetas”?… Porque evidentemente es mucho más difícil de reproducir un idioma para engañar a la gente: entonces eligen parloteos inteligibles acompañados de sonidos igualmente incomprensibles. Pero aquí no hay vuelta de hoja: cuando Hechos menciona las tres veces en que se conjuga Espíritu Santo con hablar lenguas, son idiomas, no emisiones de sonidos raros.


Haciendo caso omiso a este asunto claro y contundente, los “profetas” le dan la vuelta. Otra vez, de alguna forma quieren re-componer la acción del Espíritu Santo y dicen que lo que se recibe como lenguas no es lo que originalmente el Espíritu manifestó en Pentecostés: No, no son idiomas extranjeros… Para ellos son “lenguas extrañas”. (1 Corintios 14:13) ¡Pum!.

Los “profetas” se parecen a los abogados defensores que hallan en la ley un resquicio técnico para colar su argumento legal aunque la justicia salga perdiendo soltando a un criminal. “Lengua extraña” es su único argumento para separarse de otros 7 señalamientos que hablan a favor de que eran idiomas los que se hablaron en la iglesia primitiva; por lo menos esa es la traducción griega de la palabra “lenguas” (glosa = idioma).

 

Pero otra vez, los “profetas” idean una matemática propia y dicen 1+7 = 1. Ese 1 es enseñado a su conveniencia y manipulando la Biblia. Pero hasta en este único argumento fallan. Ya en el verso 11 de este capítulo Pablo deja en claro cuál es la relación que se entabla entre los que hablan lenguas, esto es: la relación apóstoles que hablan lengua extraña con gente llamada “extranjeros”. Fíjese el lector que no dice el apóstol “extraños”, sino gente que vive en diferentes países y hablan idiomas distintos. La expresión “lengua extraña” (extranjera) es similar a la hallada en Isaias 28:11 con referencia a la lengua hablada por los asirios. Finalmente, el apóstol utiliza en el contexto la palabra “lengua desconocida”, en el sentido de que un idioma (egipcio por ejemplo) nos resulta intraducible como conocimiento personal, algo que uno no conoce por sus sonidos y demás. Tan es así, que Pablo utiliza la palabra “bárbaro”, o “extranjero” en algunas versiones, para denotar a uno que habla un idioma extranjero, y no entiende lo que el nativo le dice. (Citado por F.W. Danker, et al., Greek-English of the New Testament, Chicago: University of Chicago, 2000, p. 166).
Esta lengua “extraña” significa en el mismo flujo del discurso de Pablo en 1 Corintios 14, una “lengua extranjera”, un idioma, y no algo enigmático, oculto, que se estuviera practicando. Porque si así no fuera ¿a qué viene entonces la idea de un intérprete para hacer posible la comprensión de esas lenguas? La idea de este don de interpretación es fascinante en este contexto. En una iglesia compuesta por personas de varias nacionalidades, Pablo pone orden, limitando el uso de las lenguas ante audiencias de otros países y otras lenguas: a menos que hubiera alguien que interpretara lo que se decía, nadie tenía derecho a hablar en lengua-idioma extranjero. La palabra griega para “intérprete” es diermeneuo, que normalmente significa “aquella persona que explica a otras, en lengua que entienden, lo dicho en otra que les es desconocida”.


El intérprete dentro del cuerpo de Cristo sería inútil si lo que tuviera que explicar a otras personas fueran sonidos repetitivos y sin sentido alguno; como si en las Naciones Unidas por ejemplo, todos se pusieran a emitir cacofonías y guturales sin significado y, aun habiendo intérpretes de todos los idiomas, fuera imposible traducir uno solo de aquellos sonidos. Si hacemos caso a la aritmética de los “profetas” de que todos los bautizados por el Espíritu Santo hablan lenguas, algo anda mal con ese don, porque existen más de los que hablan lenguas que intérpretes de las mismas dentro del cuerpo... De hecho, yo jamás he visto ningún intérprete (los debe de haber, claro) en las iglesias en donde presumen de hablar todos en lenguas. A fin de cuentas ¿Qué va a interpretar el dicho intérprete de esa confusión de sonidos sin ton ni son? Pero algunos aún confunden la “libertad del Espíritu” con la ignorancia.

¿Cuántas lenguas hablan los ángeles?

Las“profetas” insisten y dicen que lo que se habla son lenguas, no humanas sino angélicas o “espirituales”, e inventan y dicen que éstas últimas no requieren de interpretación ¿De dónde obtienen tanta imaginación para manipular la Biblia?. Tratan de demostrar su doctrina con otra lectura mal hecha. La única parte defendible por ellos es 1 Corintios 13: 1 “Si yo hablase lenguas angélicas y humanas y no tengo amor”. Los “profetas” se agarran de ese solo verso y dicen: “Lo que hablamos son lenguas angélicas como Pablo”. ¿Y dónde afirma Pablo que él hablaba esas lenguas? Lo que el apóstol establece es una posibilidad: “Si yo hablase lenguas angélicas...” Ese verbo “hablase” indica claramente potencialidad y no afirmación. Jamás el apóstol está afirmando que él habla esas lenguas.

Pero, supongamos que Pablo, por pura modestia, lo haya planteado así, y sí, de verdad él hablara lenguas angélicas... ¿Qué hace suponer que todos cuando reciben el Espíritu Santo, deban hablarlas? Esto equivaldría, en el contexto literario y si se quiere tomar en serio éste, a que también asumiéramos el total de las cláusulas establecidas por el apóstol en este discurso; es decir: tendríamos que “dar todos mis bienes a los pobres” (lo que nadie hace en la iglesia);  y a “dar mi cuerpo para ser quemado” (que tampoco, por supuesto,  nadie hace). Una malísima lectura del texto impide entender a los “profetas” que lo que hace el apóstol no es afirmar sino plantear una posibilidad de forma polarizada. Porque asimismo dice:


“Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.”


Como se ve, lo planteado por el apóstol es una mera posibilidad de tener toda la profecía, y entender toda la ciencia y misterios, y una fe gigantesca, y también... hablar lenguas angélicas... No dice que alguien las hablara, como tampoco habla de que alguien conociera y tuviera toda la revelación profética.

Pero aún así:  supongamos que los “profetas” y sus creyentes hablen lenguas “angélicas”. La pregunta es: ¿Cuántas lenguas angélicas cree usted  que se hablen en el cielo? Que yo sepa ahí no hubo confusión de lenguas como en Babel, así es que se habla una (los cabalistas judíos dicen que se habla el hebreo)... Si la lengua angélica es una y perfecta ¿serán lenguas angélicas esa variedad de emisiones confusas e incoherentes que hablan en algunas congregaciones? ¿Son esos tropezones verbales las lenguas angélicas con las que los ángeles se dirigen al Creador del Universo?

 
Lo más lamentable de todo este asunto en el bautismo del Espíritu Santo, no es la falsa idea de que las lenguas sean un requisito de haberlo recibido, sino el agregado de sub-productos misceláneos, aún más anti-biblicos, que se le imponen al creyente: si no te caes de espaldas delante del “profeta”, algo anda mal; si no lloras, o gimes o gruñes o te da risa o sientes escalofríos o como que andas borracho o no sientes el “toque del ungido”, no estás recibiendo el Espíritu como se debe… Puras cargas farisaicas.


Todos estos añadidos con los que se quiere cargar al creyente para ensalzar la figura de algunos “predicadores”, bien pueden ser puestas en el tambo de basura.

La señal evidente y bíblica

Que la “señal más evidente” del poder del Espíritu sean las lenguas y demás sub-productos “proféticos” me parece una devaluación total de la Biblia. Lo que Lucas dice que realmente impactó a los oyentes del Pentecostés, y en la iglesia actual, no fue la repetición incesante de frases incoherentes, sino otra cosa muy diferente. El médico cristiano lo pone así:


“Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”.

Aquí vemos que el impacto inmediato posterior a la manifestación externa del Espíritu Santo, fue el resultado a la acción de la Palabra dicha por un hombre como Pedro.

1.    Lo coherente de la doctrina bíblica expuesta por Pedro

2.    La buena relación entre personas que habían creído, cuyo carácter y conducta habían sido transformadas por Cristo.

3.    La nueva forma de dirigirse a Dios alabándolo y bendiciendo

Asimismo se ve en el final del capítulo 2 de Hechos que lo impresionante de los primeros cristianos, no era precisamente que expulsaran frases sin sentido, sino:


“Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”.



¿Dónde se dice que las lenguas u otro don eran lo más atractivo de esa comunidad? Aún así, algunos aferrados citan solamente el primer verso de este pasaje y mencionan “las muchas maravillas y señales que hacían los apóstoles”; se agarran de allí y, yéndose por lo emocional, embolsan a las lenguas dentro de las señales, evitando de esta forma lo sanamente doctrinario.

 Pero, incluso eso, lo hacen mal. Si uno examina detenida y honestamente los textos acerca de “maravillas y señales”, se dará cuenta de cosas que los “profetas” no quieren ver. Por ejemplo:

 

1)   No todos en la iglesia eran  los que hacían esas señales y prodigios,

2)   No era el objetivo de ellos  convertir el fin en el medio, es decir: los apóstoles no persistían “en hacer señales o hablar lenguas”... ese no era su interés primario.


Tan no eran las señales y prodigios su intención principal, que cuando Pedro y Juan sanan a un cojo, el hecho se ve no como algo cotidiano sino como ¡algo extraordinario!, porque:

 

1)   Pedro y Juan no tenían la intención de sanar al cojo; el milagro se da sólo hasta que éste suplicó por sanidad;

2)   La curación fue causa de “espanto y asombro” entre la gente (Hechos 3:1-10). Si el milagro hubiera sido algo normal que a diario se daba ¿por qué habría la gente de asombrarse?; y

3)   Los religiosos judíos que encarcelaron a los discípulos, estaban conscientes que no todos los cristianos hacían señales; la pura lógica así lo hace ver: si todos los cristianos hubieran hecho señales, las cárceles de los judíos no hubieran alcanzado para meterlos a todos.


Es claro, Pedro y Juan fueron detenidos, más que por las señales evidentes que hicieron al sanar a un cojo, por predicar el evangelio de Jesucristo: esa fue la causa principal de discusión entre las autoridades de los fariseos:

 

“Sin embargo, para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémosles para que no hablen de aquí en adelante a hombre alguno en este nombre. Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús.” (Hechos 4:17-18) .


Pero la prueba más irrefutable de que no todo el que tiene el Espíritu Santo efectúa milagros, es Juan el Bautista quien no realizó ningún milagro (Juan 10:41) a pesar de estar lleno del Espíritu desde el vientre de su madre (Lucas 1:15). Es claro que el poder del Espíritu Santo actuaba en Juan a través de otra forma: una palabra poderosa. Y aquí cabe la pregunta: ¿Por qué no se dice que Juan hablaba lenguas si era todo lleno del Espíritu Santo?

Algunos supuestos refutados

La moderna masificación que se da hoy en día en las iglesias que hablan lenguas, conlleva un sinnúmero de mal entendidos acerca del tema Asombra ver que en vez de citar a la Biblia como libro único de autoridad respecto al tema, se citen postulados sin sustento bíblico alguno; y que luego estos postulados o “creencias” se repitan, y al repetirse se conviertan en “verdad”, y al hacerlo, esa falsa verdad sea esgrimida como argumento único de quienes defienden la doctrina de las lenguas. En esta sección me propongo presentar algunos de estos postulados, asío como mi refutación a los mismos.

Postulado 1

Este postulado tiene que ver con lo pragmático y dice que: si nada hemos visto o experimentado del Espíritu Santo, no podemos opinar nada sobre el mismo. El conocer a Dios u su operación es experimental, no podemos “tocar de oído”. El principio que debemos seguir es el que expresa el apóstol Juan: “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos..” (1 Juan 1:1-3).

Refutación

En la discusión filosófica a esto se llama cláusula de exclusión antagónica no valedera. Es decir, yo no puedo descalificar a otros por el simple hecho de no haber experimentado situaciones emocionales, espirituales o de otra índole, que yo sí he experimentado: la discusión de todo se funda, precisamente, en aquello que la otra persona ha “experimentado”, y no al revés. Este es el método del cristianismo también: la doctrina cristiana es inclusiva totalmente. Pablo lo expresa así en Romanos: “Ya no hay judío, ni griego, ni hombre ni mujer, ni libre ni esclavo”.(Gálatas 3:28). Y también: “Al que a mí viene, no le echo fuera”. (Juan 6:37). Esos son ejemplos de inclusión doctrinaria total, pero son los que generan en la práctica, el sentido de inclusión en todo el desarrollo posterior de la doctrina cristiana. El ejemplo más práctico es precisamente el Apóstol Pablo, quien sin ser casado, ni haber experimentado las relaciones sexuales, o saber cómo se mantiene a una mujer ¡opinó sobre el matrimonio! Y nadie le dijo: “Pablo tú no puedes opinar de esto porque eso sería “tocar de oído”.

De lo único que no se podría hablar sin haber experimentado, es de la Salvación. De ahí en fuera la Biblia es un libro abierto; de él se puede opinar sin restricciones de cada parte de ella. Otro ejemplo: no porque yo no tenga el don de sanidad me excluye de poder saber de qué se trata este don u opinar de él. Lo mismo puedo decir: si no soy profeta, eso nada impide que sepa yo cómo guardarme de los falsos profetas y maestros o de señalar a los falsos. No podemos afirmar tampoco que sólo quienes tienen el don del discernimiento se salvan de ser embaucados, dejando a los demás a expensas de los engañadores.

Por ello también, me parece extraño que se trate de darle exclusiva al don de lenguas diciendo que algunos que hablan de este don sin tenerlo “tocan de oído” (por cierto, que sí es posible tocar de oído, y bien). Hasta donde yo sé “La fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Dios”. El método usado en la Biblia para conocer a Dios, es el “oír”. Jesús lo usa para exhortarnos una y otra vez a conocerle mejor. “El que a vosotros oye, a mí me oye” (Lucas 10:16), “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24).

El que alguien sepa sólo de oídas, es decir, no experimentado en el hablar lenguas, no lo descalifica para opinar sobre este asunto bíblico. Otra vez: algunos hermanos sólo saben del don de servicio “de oídas” ¿Les vamos a impedir que opinen sobre esto o, más, negarles que sirvan en lo que puedan?. El don es una habilidad extra que Dios nos ha dado para el mejor funcionamiento y edificación de la iglesia, y no una propiedad privada de la que sólo pueden opinar quienes experimentan uno de los dones. En 1ª. de Corintios 14:29 existe un ejemplo mayor de lo que hablo: “En cuanto a los profetas, que hablen dos o tres, y que los demás examinen con cuidado lo dicho”. Quienes tienen el don de profecía son claramente los profetas. Ellos deben de hablar, pero luego, los que oyen, deben “examinar con cuidado” lo que aquellos enseñan. ¿Y por qué, si no son profetas? Me imagino que al “examinar cuidadosamente y descubrir algo que no anda bien en la enseñanza, pueden objetar, opinar, si no ¿qué caso tendría que examinaran si se van a quedar callados?. Estas personas que examinan no parecen poseer el don de la profecía: el que no lo tengan, no los excluye de objetar a los profetas.

Por lo demás, es cierto: precisamente porque hemos “visto y oído y palpado”, es que podemos opinar de lo que se ha hecho de este don de lenguas: es eso precisamente, el haber “visto y oído” lo que nos lleva a tratar de puntualizar y señalar los abusos que algunos cometen con este don.

Postulado 2

El don de lenguas es el único don que el cristiano puede usar a voluntad cuando lo utiliza para edificación personal; además, es el único don que edifica solo al que lo está ejerciendo (en la reunión eclesial debe haber alguien con el don de interpretación para que sea de edificación a todos).


Refutación


Si de verdad las lenguas es el único don que se puede usar a voluntad, entonces ¿los otros son involuntarios? Enseñar me parece que es un acto totalmente voluntario, nadie fuerza a nadie a que enseñe. Puedo enseñar en el momento que yo desee, incluso en casa a mi esposa e hijos, y edificar no sólo a ellos sino, por supuesto, a mí mismo también. Lo mismo es con la profecía, la palabra de sabiduría, la palabra de ciencia. El argumento puntual debería de ser: el don de lenguas es el único don que no edifica a los demás, a menos que se interprete; todos los demás dones me edifican y edifican a otros. Esta perspectiva es más justa y verdadera desde el punto de vista bíblico.



 Postulado 3

 Dice: sin este don tampoco podremos orar y cantar con el espíritu, ya que estos medios de comunión con Dios están referidos al don de lenguas y no como cosas separadas: “Si yo oro en lengua desconocida, mi espíritu ora... Oraré con el espíritu... cantaré con el espíritu... bendices.. con el espíritu” (1 Corintios 14:14-16)


Refutación

La falla garrafal con la que se confunden quienes mantienen este postulado es creer que ese espíritu con minúsculas, ¡es el Espíritu Santo!. Fuera de esa confusión por mal leer el texto, cabe la pregunta: ¿Quiere decir esto  que si no oro en lenguas mi oración es carnal? Puesto que no es en el espíritu, debe ser así: carnal. Aquí la Escritura se refiere, por supuesto, al espíritu humano, el mío, y no al Espíritu Santo. Entonces, ¿cuando canto sin ese don, me dirijo al aire, o a las bancas o a otra cosa, menos a Dios, puesto que no lo hago en el espíritu, y Dios busca quien le “adore en espíritu y en verdad?” (Juan 4:24). Y si todo esto es carnal, ¿entonces Dios no me escucha?. ¿Los creyentes que no tienen ese don (que son muchísimos), ¿”tampoco pueden orar y cantar con el espíritu”?. Me parece nada bíblico esta afirmación; más que unir a los creyentes, hace exclusión de ellos con base en un privilegio inexistente .

 

Cuando los discípulos pidieron a Jesús les enseñara a orar, éste les mostró una oración muy sencilla; la que hoy conocemos como el Padre Nuestro (Mateo 9:13-16). A menos que Jesús quisiera cambiar luego su enseñanza, creo que ahí mismo debió haberles dicho que incluyeran las lenguas para que pudieran ellos “orar y cantar con el espíritu”.

La palabra oración aparece varias veces en el NT. Salvo en el capítulo de 1ª. Corintios 14, las demás exhortaciones para orar no la ligan con las lenguas: “Orad sin cesar” (1 Tes. 5:17), no implica “Orad en lenguas, sin cesar”. En cambio sí dice: “Oren en todo lugar, levantando manos santas”, sin el añadido “...y hablando en lenguas”.


Además, la cita que se menciona aquí, 1ª Corintios 14:14-16, para nada avala el comentario. Veamos la cita desde el verso 13:

 

“Por lo cual, el que habla en lengua pida en oración poder interpretarla. Porque si yo oro en lengua, mi espíritu ora, pero mi entendimiento queda sin fruto. ¿Qué, pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento. Porque si bendices sólo con el espíritu, el que ocupa lugar de simple oyente, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias? pues no sabe lo que has dicho”.


Como puede verse en ningún lado se dice “Que sin este don tampoco podremos orar y cantar con el espíritu”. Por el contrario, dice que si oras en lenguas no entiendes nada. Más que ponderar el sólo orar en lenguas, Pablo no exhorta a una oración vacía y sin fruto, sino a una con entendimiento (con traducción, vaya). Pablo en ningún momento exalta lo espiritual íntimo, más bien exhorta a tener capacidad de comprender para ser bendición a otros.
Porque entonces, si es cierto que “sin este don tampoco podremos orar y cantar con el espíritu”, hay un problema. De acuerdo al verso 13, si oro en lenguas “mi entendimiento queda sin fruto”, no entiendo lo que digo. Entonces ¿cómo conciliar lo que dice Santiago? Dice el apóstol: “Pedís y no recibís, porque pedís mal” (Santiago 4:3). ¿Implica esto entonces que para que sepa yo lo que pido, debo dejar de orar en lenguas, y orar en forma “normal” para que se me entienda lo que pido?. O bien tener un intérprete Y si el traductor (que por cierto brillan por su ausencia) no aparece ¿entonces qué?.

Postulado 4


Las palabras de Pablo a la comunidad de Corinto: “Así que, quisiera que todos vosotros habléis en lenguas...” (1 Corintios 14:5), puede significar: “Quiero que todos ustedes continúen hablando en lenguas.” El énfasis aquí puede ser no tanto que cualquiera lo haga, sino más bien un aliento para aquellos que "hablan en lenguas," para que lo sigan haciendo.



Refutación


Las palabras que siguen a los puntos suspensivos después de la  palabra “lenguas...” en el texto arriba citado, son en realidad las que le dan el verdadero sentido al versículo, y expresan el verdadero deseo del apóstol Pablo. En ningún momento Pablo trata de decir que “continúen hablando en lenguas”. Las palabras del apóstol que dicen: “Así que quisiera”, es sólo una frase de cortesía; como decir: “Está bien, yo sé que no todos hablan lenguas y quisiera que todos tuvieran el don”. Pero el real deseo de Pablo es éste:  “Aunque más me gustaría  que profetizaran; porque mayor es el que profetiza que el que habla en lenguas, a no ser que se  las interprete para que la iglesia reciba edificación”. Como se ve, el apóstol manifiesta un deseo diferente al expresado en el postulado sostenido por algunos. En todo caso, y tomando el texto en su totalidad, sin puntos suspensivos, éste debería entenderse como si Pablo diera a entender que mejor era  que los creyentes “continuaran profetizando” constantemente: lo cual está también fuera de contexto.


Postulado 5

 
A menudo se objeta que existen “falsas lenguas” y que es ‘este es el don mas fácil de falsificar’. Es verdad que puede ser falsificado tanto  conscientemente o por un espíritu satánico; aún así lo falso no invalida lo real. Las Escrituras también nos habla de falsos profetas (Mateo 7:15; 1 Juan 4:1); falsos testimonios (Mateo 15:19); falsos cristos (Mateo 24:24; Marcos 13:22); falsos apóstoles (2 Corintios 11:13); falsos hermanos (2 Corintios 11:26; Gálatas 2:4); falsos maestros (2 Pedro 2:1); falsa ciencia o conocimiento (1 Timoteo 6:20). Si el enemigo de nuestras almas falsifica algo de Dios es porque existe su contraparte verdadera o real; por tanto necesitamos el “discernimiento” no el “desuso” para separar lo falso de lo verdadero, no podemos tirar lo precioso de Dios por el solo hecho de que aparezca algo espurio. No creer en las lenguas verdaderas es como no creer en Cristo ya que existen falsos cristos, ni tendríamos apóstoles, ni maestros, ni hermanos, ni conocimiento, etc., ya que también existen estos mismos falsificados.


Refutación


El discernimiento es, ciertamente,  la base fundamental para distinguir entre lo falso y lo verdadero. Pero el discernimiento exige conocimiento bíblico, además de que exige siempre una acción y no permanecer pasivos. En todas las escrituras citadas arriba, existe una acción muy concreta acerca de qué hacer con lo falso. Obviamente, no estoy diciendo que el don de lenguas deba eliminarse o que no exista. Ya al principio de este texto he dado mi punto de vista sobre esto. Digo que no podemos tolerar que viva lo falso con lo verdadero. Creo que este es el punto central de todo. Por lo tanto, no veo porque no haya de existir la objeción. ¿O será que porque lo falso existe al lado de lo verdadero ya no se permite ninguna objeción al mal uso del don de lenguas?


Veamos: Ante los falsos profetas, Cristo no indica “Guardaos”. Y Juan nos dice: “probad los espíritus”. Ante los falsos cristos, nos indica: “No salgáis”. Ante los falsos apóstoles, Pablo pide: “quitarles la ocasión a aquellos que lo desean”. Ante los falsos hermanos: “con ellos ni aún comáis”, y “ni accedimos a someternos a ellos”. Ante la falsa ciencia: “deséchala”.


Como se ve, las Escrituras no sólo objetan lo falso, sino que toman una acción bien definida. Cierto, lo falso no invalida lo real, pero lo puede fácilmente contaminar si lo toleramos.



Postulado 6


El cristiano deseoso de recibir el don de lenguas, puede encontrar de ayuda el que otro ore por él, con imposición de manos, como en Hechos 19:6 “Habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.”; 2 Timoteo 1:6 hace también referencia a un don que fue impartido por imposición de manos).



Refutación

 

Primero: no todas las veces que vino el Espíritu Santo se dice que las personas hablaron en lenguas. En Hechos 4:30-31 se dice:

 

 “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios”.

Aquí dice que sí hablaban, pero no lenguas, sino la Palabra de Dios, el Evangelio, la doctrina, y lo hacían con denuedo: otra señal que muchas veces se deja a un lado para darse a la emoción y el éxtasis.

Luego: el versículo de Hechos 19:6 no puede ser más claro. Dice que Pablo impuso las manos y vino el Espíritu sobre ellos. Aunque, como ya hemos apuntado, no siempre fue necesario que Pablo u otro impusieran manos. En otras ocasiones el Espíritu Santo vino cuando “hubieron orado” (Hechos 4:30); cuando “estaban unánimes juntos” (Hechos 2:1), y otra ocasión “mientras Pedro hablaba” (Hechos 10:44). No existe regla de “imposición de manos” para recibir el Espíritu.

Pero lo más interesante del pasaje de arriba, con la imposición de manos de Pablo, es que no sólo hablaron lenguas, también, unos doce hombres, profetizaron. Lo mismo sucedió en Pentecostés. Lo mismo después que Pedro salió de la cárcel.

Ahora, si por hermenéutica  vamos a tomar este pasaje como un modelo para acceder a este don, no podemos dejar fuera al otro. Y viene una pregunta: ¿Si pido a alguien que me imponga manos, voy también a recibir el don de profecía? O, mejor: ¿Por qué tantos a los que se les han impuesto manos hablan lenguas pero no profetizan? (Timoteo lo hacía, por cierto) ¿Viene un don sin el otro? ¿Por qué tanto promover un don y evitar o no conseguir el otro?. Para alguien que imponga manos debe ser fácil el éxito en lograr que el otro hable lenguas (la simple falsificación otorga el éxito). No es así con la consecución de otros dones como la profecía. Se podría argumentar que “realmente no importa;  que, en estos casos,  el don que más interesa es el don de lenguas”;  pero entonces estaríamos contradiciendo la Escritura que dice: “Mayor es el que profetiza, que el que habla lenguas”.

Por lo demás, recordemos que Pablo exhortó a Timoteo: “No impongas con ligereza las manos a ninguno” (1 Timoteo 5:22).



Postulado 7


Lo que da un marco de coherencia al uso y desarrollo de los dones, y por consiguiente la edificación de los hermanos, es que el desarrollo de la reunión donde se manifiestan los dones se haga “decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40).


Sin refutación

Concuerdo totalmente en este punto. La mayoría de quienes escriben sobre este tema (y yo me incluyo ahí), jamás pretendemos abolir, suprimir, prohibir o menospreciar el don de lenguas; por el contrario, deseamos que este sea ejercido en su justa dimensión bíblica. Lo mismo podríamos decir de los otros dones. Y es, precisamente, el orden exigido a este don, lo que nos proponemos ponderar. Un orden no sólo disciplinario y de actitud reverente, sino en su sentido ordinal de hacer las cosas en la iglesia. Como otros, no identifico (y lo digo con sumo respeto y temor) la repetición atolondrada de sílabas y sonidos con idiomas o dialectos humanos entendibles como señal a los inconversos y edificación de la iglesia. No identifico el desorden de una iglesia llena de gente “hablando en lenguas” en alta voz, pasando por alto las advertencias y mandatos del apóstol en el capítulo 14 de 1ª de Corintios, de que todo debe de seguir una pequeña lista de instrucciones. No identifico el “culto” y la dependencia espiritual debida al líder o “ungidos” que se da en ciertas iglesias con el hecho de que la verdadera obra del Espíritu Santo focaliza la atención en el Cristo de la Biblia (y no en otros falsos cristos). La Biblia dice que las personas de los tiempos Neo-testamentarios oraban en lenguas de una forma espontánea, nadie les indicaba que “dejasen de pensar” y comenzasen a decir sonidos y sílabas sin sentido. Por el contrario, la mitad del capítulo 14 de 1ª. de Corintios está encaminada a realzar el don de profecía por sobre el de lenguas. Cito:



v.3. “En cambio, el que profetiza habla a los demás para edificarlos, animarlos y consolarlos”.
v.4. El que habla en lenguas se edifica a sí mismo; en cambio, el que profetiza edifica a la iglesia.
v.5. El que profetiza aventaja al que habla en lenguas, a menos que éste también interprete, para que la iglesia reciba edificación.
v.12. Por eso ustedes, ya que tanto ambicionan dones espirituales, procuren que éstos abunden para la edificación de la iglesia.
v.18-29 Doy gracias a Dios porque hablo en lenguas más que todos ustedes.
Sin embargo, en la iglesia prefiero emplear cinco palabras comprensibles y que me sirvan para instruir a los demás, que diez mil palabras en lenguas.
v.20. Hermanos, no sean niños en su modo de pensar. Sean niños en cuanto a la malicia, pero adultos en su modo de pensar.
v21. De modo que el hablar en lenguas es una señal, no para los creyentes sino para los incrédulos; en cambio, la profecía no es señal para los incrédulos sino para los creyentes. Pero si uno que no cree o uno que no entiende entra cuando todos están profetizando, se sentirá reprendido y juzgado por todos,
v24-25 y los secretos de su corazón quedarán al descubierto. Así que se postrará ante Dios y lo adorará, exclamando: "¡Realmente Dios está entre ustedes!"
v-39 Así que, hermanos míos, ambicionen el don de profetizar, y no prohíban que se hable en lenguas.

 


El orden impuesto por Pablo es el que en muchas iglesias no se obedece. Y es fácil saber por qué: en el instante en que se asume este orden, para muchos casi no queda nada qué hacer con respecto a esta práctica: En primer lugar no se obedece a que, si en el culto alguien va a hablar en lenguas, sean dos (a lo sumo tres) los que se “apunten”, y luego cada uno de ellos hable por turno. En algunas iglesias hacen exactamente lo contrario: se apuntan todos (y uno más que sale por ahí) y jamás toman turno para hacerlo: todos hablan a la vez.


Dice Pablo: “Si no hay intérprete, que guarden silencio en la iglesia y cada uno hable para sí mismo y para Dios”. Aquí es donde muchas iglesias deberían callar porque lo que falta son intérpretes. Claro, al intérprete falso le va a costar mucho más trabajo matizar lo que el otro dice. Pero aun, a falta de intérpretes,  muchos creyentes hacen caso omiso de esta instrucción, y se siguen de frente: hablan y hablan sin que haya edificación alguna para la iglesia. Si se respetara este punto, casi estoy seguro, más de la mitad de las iglesias perderían esta práctica colectiva (que no la individual, aclaro) por falta de intérpretes.


Dice Pablo: “Cada uno puede tener un himno, una enseñanza, una revelación, un mensaje en lenguas, o una interpretación”. Es curioso, casi todos guardamos orden para cantar un himno, leer salmos, la hora de la enseñanza e incluso para oír a nuestro pastor con revelación bíblica”; pero casi nadie lo tiene para la práctica de las lenguas y menos para la interpretación.


Es también de hacer notar que el orden incluye a los profetas (tan escasos hoy en día). Éstos deben hablar por turno también. Y, ojo, para los que dicen que debemos recibir todo por “fe” a ciegas: “En cuanto a los profetas, que hablen dos o tres, y que los demás examinen con cuidado lo dicho”. En algunas iglesias, por muchas lenguas que hablen, les está prohibido a los miembros objetar la enseñanza que se les da. La Biblia dice que “los demás examinen con cuidado lo dicho”...Y si al examinar algo anda mal ... ¿entonces qué?


Un hermoso sentido inclusivo de Pablo: “Así que, hermanos míos, ambicionen el don de profetizar, y no prohíban que se hable en lenguas”.  Después de poner los puntos del orden en claro, Pablo nos exhorta a no prohibir a nadie ejercer un don que Dios nos ha dado. No podemos impedir ni juzgar como malo el hablar en lenguas si esta práctica se ciñen a lo que la Biblia manifiesta.

 

EL BAUTISMO DEL ESPÍRITU

Las Variantes

Es imposible dejar a un lado las diversas opciones que se presentan cuando se habla del bautismo del Espíritu Santo y de sus condiciones o circunstancias en las que éste se da. Presentamos aquí algunas de esas variantes que son, por otro lado, la causa de tanta discusión al tema:

Lo que todos parecen tener en claro es que el Espíritu Santo sólo se da a quienes han aceptado a Jesucristo como Salvador Personal; de ahí en adelante existen varias propuestas acerca de cuándo, en qué momento es que el Espíritu se derrama sobre el creyente, o, como se dice, cuándo el creyente recibe al espíritu Santo; para lo cual existen las siguientes variantes posibles:

1)   El Espíritu Santo se recibe junto con el acto de la Salvación.

2)   Se recibe antes o después del bautismo por agua (en el NT se presentan ambos casos) Lo que parece importar es la decisión del creyente con respecto a Cristo Jesús y que el bautismo se da inmediatamente después de este acto.

3)   Uno cree y acepta a Jesucristo, pero en ese instante no se recibe el Espíritu; un período de súplica y petición posterior por parte del creyente provoca que el Espíritu se derrame sobre él.

4)   Cualquiera sea el momento y condición en que se reciba, el bautismo del Espíritu Santo no basta, aún falta lo que algunos llaman la “llenura”, que es un acto secundario de la acción del Espíritu. Bautismo y llenura son aquí términos y actuaciones separados.

Acerca del don

 

Si el lector observa, son los puntos de vista 3 y 4 los capitalizados por los “profetas”, porque es donde tienen manga ancha para presentarse como los “mediadores” para que el Espíritu sea derramado (en ocasiones hasta 3 o 4 veces) sobre sus seguidores a quienes se les promete un don del Espíritu que vendrá solo y únicamente, a través de “imposición de manos”;  por parte de  (of course). Enseguida veremos qué punto parece ser el más congruente. Antes veamos las variantes que existen con respecto a lo que significa el “don” del Espíritu:

 

1)   Algunos creen que el don del Espíritu es la Salvación misma. Esta opción tiene pocos adeptos ya que es claro que el don es claramente separado de creer-arrepentirse y recibir ese don.

2)   Otros creen que ese don se trata de señales milagrosas, por el puro hecho de llamarse “don”. Ya se ha visto que no todos en la iglesia primitiva hacían esas señales, por lo que no es uniforme el criterio ya que, a cambio, sí, todos los cristianos, reciben el Espíritu Santo. Por otro lado cuando se dice “recibirán el don del Espíritu” casi inmediatamente la frase se asociada por mucha gente con algo sobrenatural, aunque la palabra no siempre refiere a lo mismo; la palabra “don” usada en Hechos 2:38 (“dorea” en griego) es la misma que se utiliza en Juan 4:10, y Romanos 5:15-17, en donde no refiere a algo sobrenatural (bueno sí, pues se trata del regalo de Dios a nosotros en Cristo Jesús), pero nada que tenga que ver con ciertos hechos prodigiosos como se traduce en algunas personas enseguida que oyen la palabra “don”.

3)   Existe quienes piensan que el don es la Palabra de Dios misma que habla a cada uno de nosotros, guiándonos hacia toda verdad y justicia. Esta postura posee poco sustento bíblico.

4)   Un buen número de creyentes cristianos creen que para entender acerca del don del Espíritu, es necesario preguntarse algo muy sencillo: ¿Es el don el Espíritu Santo mismo o el don es algo que proviene de Él solamente? En el segundo de los casos (que el Espíritu permanezca a la expectativa pero nos dé algo para actuar), quedaría fuera el hecho de que el Espíritu mora en nosotros. Que el Espíritu mismo es el don queda sin embargo demostrado en este pasaje de Hechos 10:45-47: “Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios. Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?”. Vea también Romanos 8:9-12: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros”


Resumiendo, se puede decir que un gran número de cristianos de denominaciones evangélicas centran su postura del bautismo en el Espíritu Santo en este hecho:

El Espíritu Santo se recibe en el momento de aceptar a Cristo como Señor y Salvador de nuestras vidas; en ese momento, el Espíritu viene a morar en cada uno de nosotros


Básicamente ese es el punto relevante. De ahí, muchos cristianos (y sus iglesias y denominaciones) entienden que el Espíritu Santo realiza en el cristiano una obra de progreso espiritual al que algunos llaman santificación, segunda obra de gracia, perfeccionamiento. Sea cual fuere el nombre que se le dé a esta acción del Espíritu, las iglesias que creen en la premisa anterior, promueven un ascenso, una mejora, en la escala de la vida espiritual y moral del creyente. La exhortación a “sed llenos del Espíritu”, se entiende como un cada día mejor entendimiento de la función de esta persona de la Trinidad con respecto a nuestra diaria relación con Dios en Cristo Jesús.

 

El Espíritu sin condiciones

Mi experiencia personal me muestra que cuando recibí a Cristo Jesús como mi Señor y Salvador, en ese mismo instante (así como muchos lo creen) fui bautizado por el Espíritu Santo. He crecido, tropezado, vuelto a levantar y poco a poco también mi madurez ha ido en ascenso debido a ese poder prometido y dado por Dios el día que me convertí a Jesucristo.

No obstante, no han faltado las invitaciones dudosas. A lo largo del tiempo he recibido unas dos docenas de “llamados”  para volver a recibir al Espíritu Santo; invitaciones provenientes de gente que cree saber con extrema seguridad que no lo he recibido, lo cual me parece una verdadera y lamentable arrogancia. La concreción directa de mi conversión ha sido el bautismo y con él la evidencia en las Escrituras (y luego en mi vida cristiana) que muestra la presencia del Espíritu Santo en mi vida. Relacionado a las Escrituras, por ejemplo, en 1 Corintios 12:13 Pablo escribe a  todos los creyentes corintios:

 

“Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu”

 

Analizando lo que dice el apóstol, se establece que:  1) Los miembros son uno 2) Todos fueron bautizados (por agua) en un solo cuerpo y 3) Han bebido de un mismo Espíritu.


Lo asombroso de todo esto es que la carta de Pablo a los Corintios no era precisamente un certificado de buena conducta, al contrario, este cuerpo de iglesia local,  bautizado en el Espíritu, era en gran parte “carnal”; aun sacrificaban a los ídolos, litigaban entre ellos de no buena manera, se defraudaban unos a otros, etc. (1 Corintios 3:1; 1 Corintios 8:11,12) ¿Tenían éstos el bautismo del Espíritu? Al decir de Pablo sí, sí lo tenían, y Pablo los consideraba cristianos en proceso de mejorar, obtener la llenura, santificarse y perfeccionarse.  Eso es lo que ha estado pasando conmigo a través de todos estos años.

Pablo no sólo señala que “en un solo Espíritu fueron todos bautizados, sino “bautizados en un solo cuerpo” (prueba de su ingreso a la asamblea de creyentes) también; lo que demuestra que en el momento de la salvación se hizo patente el bautismo del Espíritu. Y lo mejor. Como consecuencia de haber sido integrados por el bautismo del Espíritu a un solo cuerpo, ahora éste (el mismo Espíritu) ha repartido sus dones a los miembros sin necesidad de “profetas intermediarios”, sino por la pura y soberana libertad del Espíritu quien da a quien quiere y como quiere. Ese bautismo y ese don es remarcado por Pablo con el tiempo de conjugación pasado: “Fueron bautizados”... No dice: “serán”. Y aquí la pregunta: ¿Por qué Pablo no urge a todos a que busquen (¿otra vez?) recibir al Espíritu Santo (“ahora sí”) a través de él mismo cuando venga a Corinto? ¿Por qué Pablo no planea una campaña de imposición de manos y les pide que se alisten los corintios para “recibir al Espíritu Santo de parte de él?

Al parecer, hoy en día esto sólo lo hacen los falsos  “profetas” que viajan de auditorio en auditorio, engañando a la gente diciéndoles que “todavía no tienen el Espíritu” y que ellos han sido enviados para tal “misión”... Para cuando esto sucede, cuando arriba a una ciudad alguno de estos profetas, ya algunos creyentes se han dejado pasar por las manos de unos diez o doce de esos “profetas”; si bien, Pablo y la Biblia claramente enseñan que ya tienen el Espíritu Santo. La Biblia enseña que Dios no da el Espíritu bajo medida alguna. Podemos aun “ser niños en Cristo”, pero ya hemos nacido de nuevo y poseído, por lo mismo, el Espíritu Santo.

Lo primero con lo segundo:

 

Hechos 2 constata lo siguiente:

 

“Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación. Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.”


El pasaje, a menos que deseemos leer otra cosa, es muy claro. El verso que me interesa aquí es este: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”. Si observamos, el apóstol enumera aquí 4 elementos importantes involucrados en la salvación; 2 de ellos son una condición: arrepentimiento y el bautismo; los otros 2 son un regalo: perdón y el don del Espíritu Santo. Aquí entra entonces el sentido común; no se requiere de ser teólogos para entender que si yo cumplo con los dos primeros requisitos, entonces voy a recibir no sólo un regalo sino dos. No podemos hacer una aritmética que diga 2+2 = 3; es decir, 2 acciones 1 sólo regalo. La Biblia no dice eso. En primer lugar, queda claro que el perdón de pecados no se me da por mis méritos, sino por la muerte propiciatoria de Cristo en la cruz; soy perdonado y salvo por gracia: no tuve nada que hacer para obtener el perdón, salvo tomar una decisión de libre albedrío. Todo el demás mérito, esfuerzo, trabajo, terminación de la obra, es de Cristo, no mía. ¿Por qué el perdón de pecados se me daría  bajo estas condiciones y no así el don del Espíritu Santo? La pura palabra “don del Espíritu” ya implica que es un regalo sin condiciones de parte de Dios. O ¿se me da una cosa pero no la otra? O ¿una de las cosas (el perdón) es sin condición, sin mérito de mi parte y sin merecerlo, y lo otro (el don) está condicionado y algo posterior que debo de hacer para adquirirlo? Otra vez: la propia palabra lo define ¡en un don!, un regalo.

 

Cuando Pablo escribe a los Romanos, es enfático al señalar este hecho: si bien no habla de bautismo en un momento específico de la vida de los creyentes, lo asume categóricamente, y dice:

“Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. (Romanos 8: 9).

 

El apóstol concede a cada creyente romano este privilegio de poseer el Espíritu Santo. Vemos que Pablo utiliza los términos Espíritu, Espíritu de Dios y Espíritu de Cristo de forma indistinta para referirse al Espíritu Santo como tal. Ya nada más falta que algunos digan (que los hay) que los Espíritus referidos por Pablo, son distintos.


Y ¿qué es no tener el Espíritu de Cristo? Seguro que Pablo no afirma que sea falta del bautismo, en cuyo caso los hubiera exhortado a buscarlo: no ser de Cristo es simplemente que no se le conoce como Salvador personal, y no se le ha dado la oportunidad de morar en el creyente. O, por pura lógica exegética,: si alguien ha aceptado a Cristo, entonces SI posee Su Espíritu. Esto queda claro en 8:1:

 

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”.


El sello del Espíritu

 

Pero la prueba inequívoca de que el bautismo del Espíritu Santo llega cuando el creyente cree en Cristo como su Salvador, es lo que a precisamente lo que Pablo llama el  sello del Espíritu. En Efesios 4:30, Pablo lo ilustra aún más enfáticamente así: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención”. Aquí la palabra clave es “redención”, la cual tiene un sentido presente (comprado y apartado) y futuro de resurrección y estancia con Cristo en los cielos. La redención la obtenemos sólo y únicamente a través de la muerte de Jesucristo quien nos compró a precio de sangre. Si yo creo a esto,  soy redimido; entonces Él me da salvación. ¿Y cuándo sucede esto? Lo extraordinario es que el día que creí a Jesucristo, ese día (no pudo ser otro) el Espíritu Santo me selló, marcándome. El mismo sentido se da en Romanos cuando habla de habérsenos dado las arras del Espíritu en señal de promesa. Es pues, el día de mi conversión que el Espíritu me sella, pues es a través de esa conversión que Cristo garantiza mi redención ¿De qué otro modo podría ser? Una explicación diferente sería ésta: creí, fui salvo, fui comprado pero… Cristo dejó “pendiente” el asunto de la promesa del Espíritu para después. Quiere decir que creí, y acepté a Jesús como mi Salvador, pero Él dejó para mejor ocasión el confirmarme que Sí, sí estaba yo aprobado para redención. Eso no puede ser y la Biblia no enseña eso; enseña sí, una regla que no tiene excepción alguna: creo = soy redimido. “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo (redimido) tú y tu casa”. En medio de esas dos acciones existen una condición que debo cumplir y un regalo de Dios como consecuencia. La garantía nace y se cumple en Dios, y no proviene ni es garantía bajo las arengas teológicas de ningún nombre. Si esto fuera así, quiere decir que los que no hablan lenguas (sólo porque a algunos se les ocurre esta regla) andan todavía vagando por ahí a la espera del sello del Espíritu ¿Y si mueren esperando a hablar lenguas o a la espera de alguna otra señal fantástica como señal de haber sido sellados por el espíritu Santo? Parece totalmente absurdo. La obra de Cristo y el Espíritu es definitiva, total; yo no puedo ni modificar, ni añadir, ni presentar reglas ni condiciones a lo ya ha sido hecho por Jesucristo: los falsos maestros acostumbran tomar la Biblia como un cajón de remedios para aplicárselos a sus creyentes.



 

 

La exhortación bíblica

 

El cristiano debe estar muy atento a los mandamientos y exhortaciones del Evangelio. Por ejemplo, en las epístolas de los apóstoles se nos anima a ser llenos del Espíritu, caminar en el Espíritu, orar en el Espíritu, pero nunca a ser bautizados en el Espíritu; este es un hecho (no nos cansamos de repetir) que viene con la conversión de cada creyente. Para lo cual queda “sed llenos del Espíritu” como única exhortación a seguir; si bien dicha sugerencia no está subrayada con ningún énfasis de esfuerzo, ansia, desesperación, por obtener esa llenura. Son los “profetas” cuya doctrina se compone de tres o cuatro versículos de la Biblia quienes hacen sentir a sus creyentes la “urgente” necesidad de poseer algo que ellos mismos moldean a su imagen y semejanza. La misma confusión que fabrican entre “bautismo” y “llenura” basta para saber cuál es la verdadera intención de sus doctrinas.